Pantallas

por | 29 junio, 2026

En el día a día de la consulta pediátrica, las preocupaciones de las familias suelen girar en torno a la alimentación, el sueño o las vacunas. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a emerger con fuerza una señal de alerta que vemos directamente en el examen físico y en la forma en que los chicos se desenvuelven en el espacio: una marcada pérdida de las habilidades motrices básicas.

Una reciente investigación encendió las alarmas de la comunidad médica y educativa al abordar el fenómeno de los chicos «torpes» o «robotizados». No se trata de un problema genético ni de una falta de talento natural para los deportes. Estamos ante una consecuencia directa del abuso de las pantallas y de la falta de juego libre en el plano real, lo que en otras palabras se denomina: “sedentarismo digital”.

El presente artículo tiene como objetivo explicar qué está sucediendo en el sistema nervioso de los niños y cómo podemos revertir esta tendencia desde casa.

La desconexión entre el cerebro y el cuerpo

Para que un niño aprenda a caminar, correr, saltar o calcular la distancia para atrapar una pelota, su cerebro necesita experimentar con el entorno físico. Este aprendizaje no ocurre mirando una pantalla; ocurre experimentando la gravedad, el equilibrio y el impacto.

Cuando un niño pasa horas inmóvil frente a un dispositivo tecnológico, ocurre un fenómeno que los neurólogos y pediatras vigilamos de cerca: el cerebro se divorcia del movimiento. El estímulo visual y auditivo de la tablet o el celular es altísimo, lo que genera una descarga constante de dopamina (la hormona del placer inmediato), pero el cuerpo se queda completamente congelado.

Al no haber movimiento, se debilitan dos facultades fundamentales para el desarrollo humano:

  • La propiocepción: Es el sentido que nos permite saber exactamente dónde están las partes de nuestro cuerpo y cómo están posicionadas, sin necesidad de mirarlas. Es lo que nos permite abrocharnos un botón a ciegas o corregir la postura para no caer de una silla.
  • La noción de espacio, fuerza y velocidad: Al no trepar, no correr riesgos controlados ni interactuar con objetos reales, el cerebro pierde la capacidad de modular la fuerza (saber qué tan fuerte empujar un objeto) y de percibir las distancias adecuadamente.

El resultado de todo ello es la llamada «pérdida de la gestión de la recreación». Los chicos ya no saben a qué jugar en el patio o en la plaza si no tienen un dispositivo que les guíe la actividad, y cuando intentan realizar movimientos físicos complejos, se muestran rígidos, descoordinados o propensos a las caídas.

Tiempo diario de pantallas: ¿Cuánto es el recomendado según la edad?

Para ayudar a ordenar las rutinas en el hogar y evitar consecuencias en el desarrollo neurológico, madurativo y oftalmológico, la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) establece pautas muy claras sobre el uso recreativo de dispositivos electrónicos según cada etapa biológica:

Edad del niño/aTiempo diario máximo recomendadoCondiciones esenciales de uso
Menores de 2 años0 horas (Evitar por completo)   Se desaconseja totalmente cualquier pantalla debido a la inmadurez del sistema nervioso central. Solo se exceptúan videollamadas breves con familiares.
De 2 a 5 añosEntre 30 y 60 minutos por díaEl uso debe ser fraccionado, limitado a contenidos de alta calidad pedagógica y siempre acompañados por un adulto que ayude a decodificar los estímulos.
De 5 a 12 añosHasta 1 hora y media por díaÚnicamente para fines de entretenimiento. Se recomienda mantener la supervisión adulta y priorizar contenidos acordes a su madurez.
AdolescentesHasta 2 horas por díaPoseen mayor independencia, pero los adultos deben involucrarse activamente para educar sobre los riesgos en línea, la privacidad y el autocontrol.

Ventana crítica del desarrollo

Existe una etapa biológica crucial que va aproximadamente desde los 7 hasta los 12 años. Durante este período, el sistema motor del niño vive una fase de «automatización». Es el momento en que los circuitos neuronales se consolidan para que las acciones físicas básicas como correr con fluidez, saltar obstáculos, mantener una postura erguida o coordinar ojos y manos, se realicen de manera fluida y sin pensar.

Si durante esta ventana de tiempo crítica el sedentarismo digital desplaza al movimiento físico, esa oportunidad de maduración neurológica se altera. Un niño que pasa su infancia sentado frente a un juego virtual en lugar de jugar en la plaza está hipotecando su desarrollo motriz futuro. La falta de este entrenamiento natural se traduce en malas posturas corporales (hombros caídos, cuello adelantado hacia la pantalla), torpeza al caminar y, a nivel clínico, un incremento preocupante en el riesgo de lesiones, esguinces y dolores articulares a edades muy tempranas.

Necesidades biológicas vs pantallas

Entendemos perfectamente que el ritmo de vida actual es exigente y agotador. En muchas ocasiones, los dispositivos electrónicos se convierten en un recurso a la mano para lograr que los chicos se queden quietos, terminen de comer o nos permitan realizar las tareas del hogar, sin por ello juzgar o culpabilizar a las familias.

Sin embargo, es importante entender que el movimiento no es un pasatiempo opcional ni un lujo; es una necesidad biológica tan vital como el alimento o el descanso.

El cuerpo humano está diseñado para estar en movimiento, y el sedentarismo absoluto en la infancia tiene un impacto directo no solo en los músculos y huesos, sino en la salud cardiovascular, metabólica (prevención de la obesidad infantil) y en la propia salud mental, ya que el ejercicio es un regulador natural de la ansiedad y el estrés en los niños.

Guía práctica para recuperar el movimiento en casa

La solución no pasa por prohibir la tecnología de manera radical, sino por equilibrar la balanza y devolverle al cuerpo el protagonismo que le corresponde. Los expertos recomiendan que los niños tengan, como mínimo, una hora diaria de actividad física libre y vigorosa.

Aquí les proponemos algunas estrategias sencillas para implementar en la rutina familiar:

  • Promover el juego libre y no estructurado: No es necesario inscribir al niño en cinco disciplinas deportivas distintas. El juego libre en la plaza (correr detrás de una pelota, trepar a un pasamanos, saltar la soga) es la mejor escuela para el cerebro motor.
  • Fomentar el «ensayo y error»: Dejen que los chicos se tropiecen, que calculen mal una distancia y que vuelvan a intentarlo. El cerebro aprende a coordinar a través del error. Si los sobreprotegemos o evitamos que se ensucien y exploren, interrumpimos su aprendizaje físico.
  • Establecer zonas y horarios libres de pantallas: La mesa familiar, las habitaciones por la noche y los trayectos cortos a pie deben ser espacios totalmente analógicos. Caminar mirando el celular anula por completo la percepción del entorno.
  • Amigarse con el aburrimiento: Cuando un niño dice «estoy aburrido» y no le entregamos una pantalla, su cerebro se ve obligado a activar la creatividad. Tarde o temprano, ese aburrimiento se transformará en un juego físico, una construcción con bloques o una exploración por la casa.
  • Dar el ejemplo: Los chicos aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan. Planificar salidas familiares de fin de semana que involucren caminar, usar la bicicleta o pasear al aire libre es la mejor forma de normalizar una vida activa.

El cuerpo de nuestros hijos es la herramienta con la que van a descubrir, aprender y abrazar el mundo durante el resto de sus vidas. Asegurémonos de darles el espacio, el tiempo y la libertad para que crezcan fuertes, sanos y en pleno movimiento.