El yogur y la alimentación

por | 28 septiembre, 2026

A diferencia de los alimentos pasteurizados o estériles, el yogur por medio de la fermentación es fuente de microorganismos vivos y benéficos. Su incorporación es habitual en la dieta de los niños siempre y cuando sea parte de una alimentación diversa y variada.

No todos los alimentos fermentados son adecuados para la población infantil, ya sea, algunos por el sabor y otros por su contenido.

El yogur es un alimento fermentado elaborado generalmente de forma industrial con leche pasteurizada bajo estrictas condiciones de higiene, conteniendo microorganismos conocidos, sin exceso de nutrientes críticos y recomendado para ser incorporado a partir del inicio de la alimentación semisólida, generalmente a partir de los 6 meses de vida.

Junto a los quesos frescos es apto para la dieta de un niño, aportando microorganismos vivos beneficiosos para la denominada microbiota intestinal y el sistema inmunológico asociado al intestino. Además, aporta cantidades significativas de calcio y vitamina D.

Los mencionados beneficios sumados a la facilidad en su administración y aceptación han llevado en algunos casos a su consumo en exceso, reemplazando erróneamente a otros alimentos. A todo ello se agregan las campañas publicitarias promoviendo su consumo en chicos y grandes originando preguntas y dudas en cuanto a sus bondades.

El yogur aporta proteínas, calcio, fósforo, magnesio, zinc, potasio, vitaminas A, D y del complejo B (B2, B3 y B12). Como producto lácteo fermentado puede ser vehículo de bacterias vivas probióticas.

Puede ser incorporado en la dieta del bebé a partir de los 6 meses de vida, siempre que se trate de yogur entero, sin azúcar ni edulcorantes, coincidiendo con la incorporación de las papillas. No debe reemplazar a la leche materna, siempre y cuando se ofrezca en el marco de una variada alimentación infantil.

Para el niño alimentado a pecho exclusivo, la ingestión del yogur supone un primer contacto con la leche de vaca, componente principal del mismo, lo que requiere una adaptación progresiva para su mejor tolerancia. Por otra parte, tanto el yogur como la leche de vaca comparten similar valor calórico, proteico, vitamínico y mineral, por lo que pueden intercambiarse, en el marco de una alimentación infantil variada. La diferencia entre ellas se halla en el contenido de microorganismos vivos que el yogur posee, constituyendo un beneficio adicional para la salud gastrointestinal, inmunitaria, favoreciendo el desarrollo.

Otra propiedad a destacar es la fermentación que mejora la absorción de nutrientes, acelerando su absorción, aumentando el contenido de algunas vitaminas como el complejo B y el ácido fólico.

Los yogures comercializados provienen de leche sometida a procesos de pasteurización, asegurando la inactivación de microorganismos patógenos.

Como todo producto lácteo, su conservación requiere frío. Sin embargo, dado que la leche con la que se elabora está pasteurizada, si el envase estuviera fuera de la heladera hasta 2 horas con la integridad del envase, no debería producirse proliferación de microorganismos patógenos. Más aún, la exposición a temperatura ambiente reanudaría su fermentación.

Estudios recientes revelaron que el yogur tendría propiedades antiinflamatorias que incluiría efectos anti-acné, especialmente por el contenido de ácido láctico.

Erróneamente se ha asociado al yogur con el aumento de secreción de moco. Es una percepción subjetiva atribuible a la interacción del yogur con las mucosas generando una sensación transitoria de recubrimiento oral y faríngeo.

El yogur también ha demostrado efectos beneficiosos en la salud bucal, previniendo el desarrollo de caries, disminuyendo la adherencia de los gérmenes patógenos. A esto debe sumarse el aporte de componentes estructurales de las piezas dentarias como calcio, fósforo y proteínas, facilitadores de la remineralización.

Puede ser consumido por aquellos intolerantes a la lactosa dado que la fermentación reduce hasta un 50% el contenido de la misma. A ello se suma que el yogur retrasa el vaciamiento del estómago, causando un aporte gradual de la lactosa remanente. En el caso de total intolerancia, hay variedades elaboradas con leche deslactosada.

Según las últimas clasificaciones alimentarias, un yogur natural sin agregado de azúcares ni colorantes o edulcorantes no califica como un alimento ultra procesado, tampoco se debe considerar una golosina dado que su principal componente es la leche y no el azúcar.

En cuanto al contenido de probióticos se destacan en forma genérica al Estreptococo themohilus y el Lactobacilo bjlgaricus. Algunos incluyen además a otros lactobacilos popularmente más conocidos como el lactobacilo casei y el rhamnosus.

Todas las características hasta aquí comentadas hablan de un alimento relevante dentro de la alimentación infantil diversa y saludable desde el inicio de la alimentación con semisólidos, sin reemplazar ni desplazar a la lactancia materna ni a las fórmulas infantiles cuando la primera no sea posible.