RECIBIR PARA DAR
Durante el primer año de vida la mano del bebé experimenta una serie de progresos que al ejercitarse enriquece aún más esos logros y brinda las bases para habilidades nuevas.
Las manos comienzan en el recién nacido a tener movimientos involuntarios y reflejos que tienen funciones defensivas y se van perdiendo, en su mayoría, a lo largo de los primeros 6 meses de vida.
La flexión de los dedos cuando se estimula la palma de la mano es un acto reflejo, totalmente involuntario haciendo que la mano se aferre al objeto que provocó la reacción. Es muy frecuente ver como el recién nacido se aferra a los barrotes de las cunas durante las primeras semanas de vida. Es más, podríamos suspender al niño con sus dedos flexionados agarrando con fuerza nuestros pulgares. Esta característica se mantiene generalmente durante el primer mes, cuando comienza a debilitarse en forma progresiva. Durante todo ese tiempo las yemas de los dedos fueron aprendiendo a conocer las palmas como un pequeño ensayo de las futuras exploraciones que desarrollará por medio del tacto.
Durante el segundo y tercer mes el niño comienza a fijar su mirada sobre sus manos, no sobre ambas sino sobre una u otra, empezando a conocer una pequeña parte de su cuerpo. A partir del cuarto mes las manos dejan de estar tensas, disminuye el tono que las mantenía flexionadas y los reflejos comienzan a desaparecer. Aumenta considerablemente el interés del niño por sus manos, ya puede mirar ambas al mismo tiempo. Empieza a llevarlas a su línea media ya sea acostado de espalda o de panza, levantando su cabeza. Las impresiones que recibe de sus manos no son sólo visuales, continúan las táctiles y las orales por el contacto de las mismas con la boca. Al lograr juntar sus manos y mirarlas el niño deja su mundo asimétrico para descubrir la línea media ampliando su campo de visión y exploración. Como todo desarrollo, ya nada será como antes.
Durante el cuarto mes comienzan los intentos de prensión voluntaria de objetos. Son sólo intentos ya que los hace con movimientos globales y desordenados originados en sus hombros y brazos. Las aproximaciones a los objetos deseados son siempre precedidos por fijación ocular intensa hacia los mismos. El niño suele mirar un juguete que le llame la atención, cualidad muy importante para que el hecho se produzca, mientras se babea, deseándolo intensamente, moviendo en forma desordenada sus brazos, pero sin poder siquiera tocarlo. Éste es un proceso de maduración óculo-manual. El sistema nervioso está recibiendo información de los estímulos que recibe el niño para dar otro salto en la evolución: la prensión de objetos.
El poder de adueñarse de cosas es algo que el ser humano realizará durante toda su vida.
Es a partir del cuarto o quinto mes cuando dicha actividad iniciará sus funciones. Las primeras prensiones de objetos suelen ser torpes e inseguras, los movimientos aún no están totalmente ajustados, problema que se solucionará con las experiencias y el ejercicio. El haber descubierto la simetría en forma reciente hace que el bebé frecuentemente utilice ambas manos para realizar acciones semejantes.
Al instalarse la prensión voluntaria, no existen aún diferenciación en las funciones de los dedos. No se utiliza ni el pulgar ni el índice para asir los objetos. El niño en realidad comienza a «barrer» un objeto para poder luego tomarlo con toda su mano. Es la prensión más primitiva.
Aproximadamente a los 6 meses comienza a utilizar sólo una mano para asir cosas pero cada vez que una de ellas atrapa algo, lo transfiere a la otra y así en forma sucesiva e incesante, interrumpiendo el ciclo para mirarlo y llevárselo a la boca.
A partir del séptimo mes las manos comienzan a girar hacia adentro, (pronación), para tomar mejor los objetos.
Entre los 7 y 8 meses la fuerza de la prensión es tan importante que le permite, con objetos adecuados, golpearlos contra la mesa o el piso, sin soltarlos. Esa actividad es reemplazada entre los 8 y 9 meses por el movimiento horizontal de los objetos atrapados, enfrentándolos mano con mano y golpeándolos entre si. Es la edad del juego de las «tortitas» o del «aplauso».
Además de las actividades de prensión, las manos colaboran en el desarrollo de la estabilidad y la motricidad. La primera actividad en ese sentido se observa entre los 3 y 4 meses cuando acostado de «panza» apoya sus manos y antebrazos para erguirse y levantar la cabeza. Más adelante, aproximadamente a los 6 meses, en la misma posición, logrará sostener su cuerpo con las manos extendiendo los brazos. Finalmente las manos colaboran en la deambulación con el «gateo». La posibilidad de mantenerse sentado sin el auxilio de las manos es un hecho trascendental para el bebé. A partir de ese momento puede explorar desde una situación más cómoda con todas las destrezas que aprendieron sus manos.
Entre los 11 y 12 meses aparece la pinza perfecta, por medio de la cual se aprisionan elementos pequeños con los pulpejos del índice y el pulgar. Llegado a esta edad, un objeto chico es abordado desde arriba con facilidad y precisión.
A fines del primer año aprende a soltar voluntariamente los objetos. Los arroja desde su sillita o cuna y repite con entusiasmo la acción una y otra vez. Pronto aprende a reconocerlos desde lejos y reclamarlos para reiterar la experiencia. El ruido que producen al caer reproduce el reflejo innato de cerrar los ojos. Desde la información que proveen las manos sumados al aporte del oído y de la vista, el niño adquiere nuevas estructuras, nociones de tiempo y espacio, fundamentales para conocer el mundo que lo rodea y diferenciarse de él.
Falta aún, la última etapa: dar, entregar objetos, no sólo soltarlos. Para ello no basta sólo la madurez motriz. Se necesita desarrollo emocional para lograrlo. Es un paso fundamental para sus futuras relaciones interhumanas. Lo importante de ello es que sólo aprenderá a dar cuando antes se lo haya estimulado para recibir. Se requerirán experiencias vitales adecuadas para completar dicha destreza. Si el niño recibió y recibe alimento, abrigo, afecto, si se siente que se le da cuanto es necesario para satisfacer sus necesidades físicas y psíquicas, a su vez sabrá dar, entregar y brindar lo que valora, dependiendo también lógicamente de su desarrollo motriz.