El sueño

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LA VIDA TAMBIÉN ES SUEÑO

 

Abril 2011

 El sueño durante la infancia cobra un interés significativo ya que por un lado, ocupa una gran proporción durante esta época de la vida y además porque es una pieza fundamental en el desarrollo neurológico del niño. Lejos de ser un proceso pasivo, es un estado activo y altamente organizado del cerebro. Durante el sueño, el sistema nervioso sigue activo y en el niño es fundamental para continuar con la maduración neurológica.

El ser humano no escapa a los ritmos biológicos y uno de ellos es el que marca las horas de vigilia y los momentos durante los que se duerme, dependiendo los mismos principalmente de la luz/oscuridad ambiental. El bebé, dentro del vientre materno ya responde a los ciclos sueño-vigilia a partir aproximadamente de la semana 28. El cerebro fetal tiene capacidad para responder a las señales del tiempo que parten principalmente del organismo materno, preparándolo para su adaptación posterior al medio luz-oscuridad.

Luego del nacimiento la presencia de luz provoca un estímulo en las retinas que,  transportado a niveles superiores inhibiría la secreción de melatonina (la famosa hormona del sueño), favoreciendo el despertar. El proceso inverso ocurre en presencia de oscuridad. No obstante durante los tres primeros meses el bebé secreta poca melatonina, dependiendo de la que recibió de su madre. Debido a ello los ajustes vigilia-sueño aún no están del todo logrados.  La melatonina tendría una acción relajante sobre el aparato digestivo y, su ausencia durante el primer trimestre de la vida, podría explicar la aparición de los frecuentes cólicos, generalmente nocturnos.

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A pesar de ello, durante los primeros meses de vida,  los ciclos sueño-vigilia se suceden aproximadamente cada 4 horas, en forma casi independiente de los factores externos, (luz-oscuridad), hasta la maduración progresiva del sistema nervioso, llegando finalmente a los ciclos de 24 hs. con la importante influencia externa.

El sueño normal en el ser humano posee dos etapas. El sueño lento o NO REM (sin movimiento rápido de los ojos, con escasa relajación muscular y frecuencia cardíaca conservada) y el sueño REM (con movimiento rápido de ojos, relajación muscular y frecuencia cardíaca irregular). Cada una posee características únicas que, junto a la vigilia, se conocen como los tres estadíos del comportamiento. El ciclo completo se halla compuesto por una etapa de sueño lento, seguida por otra de sueño REM. De esa forma iniciamos el sueño todos los adultos, sucediéndose estos ciclos cada 90 a 100 minutos, repitiéndose 4 a 5 veces por noche.

 

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La inmadurez del recién nacido y aún durante los tres primeros meses de vida hace que estas etapas aún no estén bien delimitadas. Cuando aparecen, comienzan a ser breves, repitiéndose los ciclos en forma más frecuente distribuyendose a lo largo de las 24 hs. del día, intercalándose con momentos de vigilia, los que como dijimos anteriormente, todavía no dependen demasiado de factores externos. Progresivamente comienza a dormir con sueño activo (REM) reconociéndose también el sueño NO REM.  Más adelante inciiarán el sueño con este último, como lo seguirán haciendo durante toda la vida y con las influencias externas relacionadas a la luminosidad externa. 

 
 

Entre los 6 y 12 años el sueño adquiere gradualmente las características propias del adulto. Desaparecen las siestas y toda somnolencia diurna en los niños que duermen bien por las noches. Desde los 10 años se produce un retardo paulatino de la hora de conciliación del sueño, agravándose en la adolescencia por factores sociales y también hormonales.

Al nacer, los bebés duermen aproximadamente 16 a 18 horas por día, independientemente del sexo o del tipo de alimentación. Luego de la primera semana y hasta el cuarto mes lo hacen entre 14 y 15 horas. Es aquí cuando el sueño se va consolidando, permaneciendo más tiempo despiertos durante el día y durmiendo durante la noche en forma progresiva. Si bien aún no tienen mucha importancia los estímulos externos, está demostrado que los bebés en nurseries lloran más y duermen menos, iniciando más tarde las modificaciones que llevan a prolongar su sueño nocturno.

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Desde el sexto mes de vida en adelante comienzan a cobrar importancia los estímulos externos, (sociales, culturales, ambientales, etc.) pudiendo favorecer o alterar el inicio o el curso de un sueño reparador.

 

El insomnio se define como una alteración en la conciliación o en el mantenimiento del sueño. El niño que no duerme en sus primeros años se diferencia del adulto con insomnio. Éste permanece despierto a pesar de los esfuerzos por dormir. El niño en cambio no concilia el sueño a pesar de los esfuerzos de sus padres. No quiere dormir o no quiere permanecer en la cama o lugar asignado. El llanto siempre acompaña a estos episodios durante el primer trimestre de vida. Es independiente a las diferencias culturales y sociales. Los “famosos cólicos” hacen su aparición entre la tercera semana de vida hasta el tercer y cuarto mes.

Múltiples estrategias se emplean para solucionar el problema y adormecerlos.. Algunas son tan sofisticadas que se convierten en una suerte de aprendizaje negativo que los incapacita para conciliar el sueño por si mismos en caso de privárseles del ritual acostumbrado.

El niño aprende con rapidez las condiciones externas que acompañan el comienzo del sueño, (chupete, palmadas, brazos, etc.). Son las llamadas “asociaciones del sueño”, esperadas y exigidas por el niño.

 

Nada de lo que hagan los padres antes de los 4 meses puede tener graves consecuencias en el futuro sueño de sus hijos, pero sí más allá de ese período.

 

Se debe tratar de establecer un vínculo entre la vigilia y el sueño que el niño pueda recuperar fácilmente sin intervención de un adulto en la mitad de la noche. De hecho, todos los lactantes y niños que no lloran, también se despiertan por segundos o escasos minutos y se duermen otra vez solos sin que los padres lo adviertan. Se sugiere colocar al bebé semidespierto o semidormido en su cuna a una hora más o menos precisa todas las noches con una luz tenue, que lo vaya preparando para ese momento, sin sonidos, sin nada que no pueda encontrar una vez que se despierte. Más adelante, a partir de los 8 meses, se aconseja la introducción de un objeto “transicional”, que lo acompañe día y noche y que lo relacione con la imagen materna, (incluso puede ser una prenda). Puede ser que al principio lo rechace, pero ese objeto será el que lo acompañe en el momento que sienta angustia y esté solo.

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Alimentar a los bebés cuando se despiertan para que vulevan a dormir en horas nocturnas es una estrategia poco saludable más allá del cuarto mes de vida.

 

Durante la edad preescolar las dificultades para dormir generalmente desaparecen. La mayor libertad que adquiere el niño al pasar de una cuna a una cama le posibilitan abandonar el cuarto y dormirse frente al televisor, la computadora o en el dormitorio de los padres.

Hay que tener en cuenta que algunas enfermedades pueden provocar insomnio, debiendo descartarlas ante su prolongación o gravedad.

Los terrores nocturnos ocurren durante el sueño NO REM. El niño parece despertar en forma brusca, agitado, con intenso miedo y desconsuelo. El sueño se reanuda rápidamente. La amnesia total del episodio a la mañana siguiente caracteriza a estos cuadros. Son fenómenos normales y aparecen generalmente a partir de los 2 a 4 años.

Las pesadillas no son otra cosa que sueños con un contenido inquietante o angustiante para el niño. Al despertar perturbado por el mismo puede solicitar consuelo. Generalmente el sueño tarda un poco en volver y a la mañana siguiente hay recuerdo de los sucedido. Ocurren durante el sueño REM. Obviamente son de aparición normal, se pueden acompañar de movimientos o gritos y habitualmente están relacionados con historias, sucesos o actividades recientes.

* (Fuente:  Programa Nacional de Actualización Pediátrica 2010. Sociedad Argentina de Pediatría)