Autismo

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¿QUÉ ES EL ESPECTRO AUTISTA?

Noviembre 2018

Los trastornos del espectro autista, (T.E.A.)  constituyen una serie de cuadros que afectan el desarrollo neurológico cerebral temprano, comprometiendo principalmente la interacción social, la comunicación, el procesamiento de los estímulos que le llegan del exterior y provocando una incapacidad para tolerar, aceptar o adaptarse a los cambios que se producen en el entorno.

Los niños que sufren esta patología son percibidos generalmente por sus padres como distintos desde los primeros años de vida. En épocas pasadas eran considerados todos ellos como “autistas” Posteriormente se comprobó que esta denominación comprendía a un grupo muy heterogéneo de niños con afección de distintos y diversos componentes o matices siendo variables entre una persona y otra. Por ejemplo, había niños con mayor o menor compromiso del área del lenguaje o la comunicación, otros con discapacidad intelectual, nivel medio o superior, etc. De esto también dependía el requerimiento de apoyo, existiendo personas que lo necesitaban en gran medida y otras que prácticamente no lo requerían. Por lo tanto todos ellos fueron incluidos dentro de los trastornos del espectro autista (T.E.A.).

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Si bien los niños alcanzados por este trastorno poseen mayor o menor compromiso de distintas áreas, todos ellos tienen en común ciertas características que los hacen diferentes, notadas generalmente en forma temprana por los padres o cuidadores. Dichos signos están relacionados especialmente por la dificultad en relacionarse con el mundo exterior, en procesar los estímulos que llegan y adaptarse a ellos. En mayor o menor medida estos niños adoptan conductas para “defenderse” de las señales que le llegan de afuera, cerrando generalmente los canales para su comunicación.

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Como se dijo anteriormente los niños con TEA poseen distintos y variados grados de afectación. Sin embargo la mayoría reúne determinadas características comunes:

  • Adherencia fuerte a rituales, resistencia a los cambios y dificultad para las transiciones entre actividades.
  • Palabras, movimientos o uso de ciertos objetos de manera repetitiva.
  • Intereses excesivos en temáticas específicas con gran intensidad en su atención, llevando a algunos a incluso ser expertos en ciertos temas. Particular atención a los detalles.
  • Reacciones atípicas ante estímulos auditivos, visuales, olfativos, etc.
  • Dificultades para interpretar intenciones de otras personas, haciéndolos muchas veces vulnerables al engaño.
  • La comunicación con la mirada es frecuentemente escasa o nula impidiendo la adecuada relación social. Lo mismo ocurre con los gestos y el lenguaje corporal.
  • Poseen dificultad en mantener conversaciones, en respetar turnos o aguardar a alguien.
  • Por todo ello tienen dificultades para iniciar o mantener amistades o compartir juegos o deportes con sus pares.

Suelen presentar problemas gastrointestinales como diarrea a y constipación, intolerancias o alergias a ciertos alimentos, epilepsia, problemas del sueño, etc.

En EE.UU se estima que 1 de cada 59 niños de edad escolar presentan TEA. Se calcula que en nuestro país lo sufren más de 500.000 personas.

Si bien las características enunciadas anteriormente parecen fáciles de distinguir, durante los primeros años de vida la detección de estos problemas suele ser más difícil. Generalmente son los padres que alertan a los profesionales, más aún si poseen otros niños, notando diferencias con ellos. En otras oportunidades la guardería o el jardín encienden el alerta.

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Lamentablemente, en muchas ocasiones estos signos pueden ser mal interpretados poniéndose el acento en la poca estimulación por parte de los padres, en la falta de apego o dificultades en la crianza debido a problemas familiares, etc. Esto motiva algunas veces  consultas e interconsultas a distintos profesionales de distintas especialidades sin un diagnóstico y tratamiento adecuados.

En forma contraria, se sabe que cuanto más precoz ocurra una intervención profesional adecuada existen mayores posibilidades de mejorar e incluso resolver el problema.

La neuroplasticidad del cerebro durante los primeros 4 o 5 años constituye la aliada fundamental para el éxito en el tratamiento. La capacidad para aprender y “corregir el cableado” es máxima. Por ello se insiste en el diagnóstico precoz de estos cuadros y la rápida y adecuada intervención profesional.

En nuestro país existiría una brecha promedio de 2 años entre la identificación de señales de alerta y el diagnóstico de TEA.

Hay factores de riesgo identificados para la presentación de estos cuadros. En principio pueden ser secundarios a anormalidades genéticas como lo demuestra la mayor frecuencia de aparición en algunas familias, edad avanzada de los padres en el momento de la concepción, enfermedades infecciosas durante el embarazo, bajo peso al nacer, contaminantes ambientales, uso reiterado de antibióticos, alta exposición a la TV durante los 3 primeros años de vida, exposición temprana a dispositivos que emiten ondas electromagnéticas, etc. Tantos y variados factores de riesgo indican que aún no está claro el origen de estos cuadros y que probablemente la multicausalidad sea la explicación.

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Hay señales que pueden alertar a padres y cuidadores motivando la primera consulta. Por ejemplo:

  • 6 meses de edad: el niño no sonríe o no sonríe cuando le sonríen.
  • 10 meses de edad: no responde al nombre.
  • 12 meses: no silabea (ba-ba, ma-ma, pa-pa). No señala con la mano.
  • 16 meses: no dice palabras sueltas.
  • 24 meses: no dice frases de 2 palabras.

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En más de un 90% de los casos cuando una madre o un padre se hayan preocupado por el desarrollo de un hijo o una hija, tiene razón.

Una vez realizado el diagnóstico por medio de evaluaciones de las distintas esferas del desarrollo del niño se pasa a la intervención multimodal que incluye múltiples abordajes para estimular diversas áreas del desarrollo. Deben recibir el apoyo de distintas disciplinas según el perfil individual del niño diagnosticado en las evaluaciones. Estas intervenciones deben incluir a los padres y familiares directos que serán los depositarios finales de las herramientas transferidas por los profesionales para el manejo de estos niños.

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Se puede concluir que la intervención temprana mejora el pronóstico, mejora la calidad de vida de la familia y disminuye los costos asociados al tratamiento. Actualmente se considera que el 10% de los niños con TEA que reciben una intervención temprana no cumplen más criterios diagnósticos para considerarlos como tales unos años más tarde.

Las personas con diagnóstico de TEA tienen derecho a tramitar un Certificado Único de Discapacidad para poder cubrir los apoyos y tratamientos que requieran.

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Se debe garantizar el derecho a una educación inclusiva. Debido a ello está prohibido por motivos de discapacidad negarles el acceso a la escolaridad común.

Fuente: Rattazzi A. “Trastornos del espectro autista” Programa Nacional de Actualización Pediátrica”. S.A.P. 2018

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