El puerperio

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puerperio bis¿DESBORDADA DE FELICIDAD O FELIZMENTE DESBORDADA?

Artículo especial de la Lic. Lorena Ruda

Noviembre 2014

 

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de Puerperio?
El Puerperio era asimilado, en otras épocas, a la llamada cuarentena. Esto serían los 40 días posteriores al parto hasta el alta médica para realizar actividad física y el alta para retomar la actividad sexual. Lo cierto es que esto es sólo un alta médica que habla de que el cuerpo ya puede retomar sus antiguas costumbres, pero no se refiere en nada a las cuestiones emocionales ni mucho menos al deseo.
Entonces, el puerperio es el período que va desde el nacimiento del bebé hasta la “reinserción en el mundo” luego del nacimiento de nuestro hijo. Tiene que ver con poder sumergirnos en el mundo de los pañales, tetas, noches sin dormir para luego volver a recuperar el deseo de hacer cosas que exceden a la maternidad: la vuelta al trabajo, encuentros con con amigas, ganas de leer un libro, momentos con la pareja.

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El puerperio implica un proceso de adaptación al nuevo rol maternal. Se caracteriza por un sinfín de sentimientos encontrados: confusión, alegría, miedos, angustia, desilusión. Los cambios hormonales, el cansancio, las excesivas demandas del bebé (y del entorno) impactan directamente sobre nuestro estado de ánimo sintiéndonos, muchas veces, desbordadas. Aparecen nuevos pactos en la pareja, cambios de hábitos y rutinas. Momento de empezar a conocernos en nuevos roles que, de hecho, han sido idealizados durante la etapa anterior.

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Nuestra identidad se ve alterada, nuestro mundo se ve alterado. Nos desconocemos. Estamos felices y emocionadas, lloramos y lloramos y no sabemos bien por qué, pero nos damos cuenta que no es sólo por felicidad. Los sentimientos son muy intensos, también nos desbordan.
Los temores de cómo seremos como madres surgen cada vez que nos encontramos ante alguna nueva situación con nuestro hijo.

Venimos con historias contadas por otras de cómo ser madres y de pronto, el bebé en casa nos enfrenta a “¿cómo seré yo como madre? o ¿qué tipo de madre quiero ser, qué madre podré ser?”. Empezamos a cuestionar los modelos para que empiece a aflorar nuestro propio estilo.
Quizás no todo es lo que esperábamos, o no como lo imaginamos. En algunos aspectos nos sentimos desilusionadas al encontrarnos con situaciones que nadie nos había contado como, por ejemplo, la verdad del posparto: esa sensación de invasión o pérdida de intimidad al estar entregadas a las enfermeras que vienen a “higienizarnos”, como si nosotras fuéramos los bebés, a ayudarnos a bañarnos, como si por ser todas mujeres no tuviéramos vergüenza, las puericultoras que amablemente nos tocan nuestros pechos para ver si están turgentes, como si nosotras ya hubiéramos cambiado el switch de que ahora son alimento y amor para nuestro bebé y no tienen nada más que ver con la sensualidad y los escotes. Esos puntos que molestan y arden o unas hemorroides que se escaparon. Esa cesárea que no esperábamos y ese dolor inexplicable de las primeras succiones del bebé que también ponen en duda nuestros preconceptos sobre la lactancia. Nos habíamos hecho fanáticas del discurso de la lactancia prolongada, “dar pecho dar vida”, pero ningún anuncio nos había dicho lo que dolía! Así empieza el puerperio, en el sanatorio, rodeadas de visitas.

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El puerperio es un momento en el cual entran en conflicto todos nuestros roles, sobre todo pareciera que Mujer y Mamá quedan enfrentados, que nunca podrán unirse. Como mujeres, nuestros centros de interés se ven modificados. Nuestra femineidad está alterada, no nos hallamos en esta nueva imagen fácilmente, no sólo la imagen física que lleva un tiempo recuperar, también la imagen simbólica de nosotras siendo Mujer- Madre.
Pero en el puerperio no todo es negativo. Es más, es un momento del cual podemos aprender mucho sobre nosotras, donde dependiendo de cómo lo vivamos podrá ser una experiencia maravillosa. El puerperio también nos da la posibilidad de aprender a dejar de controlarlo todo, a dejar fluir, a dar lugar a que afloren sentimientos nuevos que de hecho jamás habíamos sentido antes. Es poder sentir que la maternidad no nos sacó nada, que no resignamos sino que resignificamos nuestras prioridades, nuestros valores, nuestros intereses. Es aprender a disfrutar de estar todo un día en pijama con nuestro bebé, durmiendo sobre nuestro pecho, sin pensar en todo lo que estamos dejando de hacer. Es aprender a disfrutar de la ternura, de una mirada, de nuevos olores… entregarse a un nuevo y maravilloso mundo donde sólo hay lugar para dar y recibir amor. Entregarse al reloj biológico de nuestro hijo y dejar al de las agujas guardado en un cajón. Un tiempo para conocernos más profundamente.
Poco a poco, con el pasar de los meses (particular en cada mujer) todo empieza acomodarse. Volvemos a tener ganas de pintarnos las uñas, de salir de casa, de tener salidas con amigas, de reencontrarnos con nuestra pareja, de ir a trabajar. Empezamos de a poco a recuperar la identidad perdida y nos vamos dando cuenta que ya no somos las mismas, ahora también somos Madres, pero jamás dejamos de ser Mujeres.

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