La fiebre

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Fobia a la fiebre

LA FIEBRE Y LOS MIEDOSfiebre1

Febrero 2020

La fiebre fue definida por un comité de expertos como un estado de elevación de la temperatura corporal que frecuentemente, pero no necesariamente, es parte de una respuesta defensiva frente a la invasión de microorganismos o sustancias reconocidas como patógenas.

Está suficientemente instalada en el pensamiento general la idea que la fiebre, frente a una enfermedad, suele presentarse como una defensa contra la misma, especialmente en cuadros infecciosos. Sin embargo en la práctica diaria comprobamos que la presencia de fiebre, especialmente en los niños, es siempre motivo de preocupación. Más aún muchas veces se ve a la fiebre como una enfermedad por sí misma, dándole más importancia a ella que al origen del fenómeno. Se podría decir que existe una “fobia a la fiebre”  generada en gran parte por temores y mitos que incluyen a padres y también muchas veces al personal de salud.

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Alrededor de un 30% de todos los pacientes que atienden los pediatras presentan fiebre como principal motivo de consulta, lo que la convierte en una de las razones más comunes por la que los padres llevan a sus hijos al médico.

La temperatura real del cuerpo es la que posee la sangre que circula por los vasos sanguíneos, más precisamente en la arteria pulmonar. Es la que se denomina temperatura central, siendo regulada por un “termostato” a nivel del sistema nervioso. Los métodos para registrarla utilizan distintas partes del cuerpo que, por cercanía o contigüidad, pueden registrar valores similares. De esta forma y según las costumbres la temperatura se puede tomar a nivel del recto, sobre la axila, en la boca y últimamente por medio de aparatos especiales a nivel de la membrana del tímpano.

Se recomienda la utilización de termómetros digitales electrónicos evitando los de mercurio dada el riesgo de toxicidad individual y ambiental.

fiebre8La temperatura normal de 37°C surgió de un estudio llevado a cabo hace muchos años con más de un millón de temperaturas axilares tomadas en adultos. No obstante queda claro que cualquier cifra específica que se emplee para definir fiebre podría ser arbitraria. La temperatura que se cita con más frecuencia como definición de fiebre es ≥38°C, medida por vía rectal, que suele superar como vemos en aproximadamente en un grado a la axilar.

Normalmente, la temperatura corporal es mayor durante la tarde (entre las 17 y 19 horas) y alcanza los valores más bajos durante la madrugada (entre las 2 y 6 horas), con una diferencia de hasta 1,7°C; esta variabilidad también se da en el transcurso de una enfermedad febril y  suele explicar las fiebres elevadas en el inicio de la noche que siempre asustan y motivan con mayor frecuencia la consulta.

En realidad el objetivo primordial de definir la presencia de fiebre es el de confirmar que algo nuevo está ocurriendo en el organismo, generalmente una enfermedad que en la mayoría de los niños suele ser benigna y autolimitada.

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La magnitud de la fiebre tampoco suele ser una medida de la gravedad de la enfermedad que la produce. Tampoco   la reducción de la misma ni la apariencia del niño después de recibir el antipirético permiten al médico diferenciar con certeza una infección banal de una grave.

Entonces, el objetivo de bajar la fiebre debe obedecer a brindar mayor confort a la persona.

No todos se sienten igual con la misma temperatura. Hay niños que toleran fiebre cercana a los 40°C sin sentirse mal, juegan e incluso logran conciliar el sueño; mientras que pueden estar malhumorados e inquietos con temperaturas que apenas llegan a 38°C.

Por lo tanto no sería necesario tratar la fiebre por la sola razón de devolver la temperatura normal al cuerpo, sino cuando ésta provoque que la persona y en especial el niño no se sienta bien.

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La fiebre se debe entender como una respuesta adaptativa del organismo frente a agresiones externas, generalmente infecciones que motivan dicha reacción. Cuando ello ocurre, el mencionado termostato eleva el punto de ajuste provocando la elevación de la temperatura central. El ingreso de gérmenes o la acción de los mecanismos defensivos desencadenados originan sustancias que estimulan al mencionado termostato modificando el punto de ajuste térmico. Muchos estudios, algunos muy recientes, han confirmado los efectos beneficiosos de la fiebre frente a estas situaciones. Entre ellos se pueden mencionar:

  • Retraso del crecimiento y la reproducción de microorganismos, tanto bacterianos como virales, interfiriendo con la virulencia de ciertos patógenos.
  • Disminución de la disponibilidad de oligoelementos como el hierro y el zinc, indispensables para el metabolismo de las bacterias
  • Estimulación de la movilidad y actividad de los glóbulos blancos para la defensa
  • Incremento en la síntesis de anticuerpos y la disponibilidad de éstos.

En la mayoría de los casos, especialmente en niños, la fiebre es de corta duración, benigna e incluso, según el párrafo anterior, se comporta como protectora. Si bien causa malestar, puede ayudar a una recuperación más rápida de las infecciones.

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En algunas oportunidades de habla de hipertermia como sinónimo de fiebre, afirmación que es errónea.

La elevación de la temperatura en la hipertermia no está originada por el mismo organismo sino por factores externos, por ejemplo el calor excesivo, el golpe de calor o el sobreabrigo, especialmente en niños muy pequeños.

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Un recaudo especial merece la aparición de la fiebre en los lactantes pequeños, en especial los menores de 3 meses. En ellos, el riesgo de infección bacteriana grave o potencialmente grave es mayor y no debe demorar la consulta al pediatra ante su aparición.

Como conclusión, más allá del alivio sintomático, el tratar la fiebre no mejora la evolución de la enfermedad infecciosa que la causa, no previene secuelas ni el desarrollo de convulsiones febriles.

Es muy importante recordar que la convulsión febril simple no produce epilepsia ni deja daño cerebral, a pesar de ser un episodio muy angustiante para los padres.  Se pueden presentar independientemente del nivel de temperatura que se alcance. Se dan en aproximadamente 4 de cada 100 niños con fiebre previamente sanos, sin trastorno neurológico ni infección concomitante del sistema nervioso central, entre los 6 meses a 6 años. No requieren tratamiento específico, siendo importante el antecedente febril para su diagnóstico.

Fuente: Ferolla F.M. y col. «Bases fisiológicas para el tratamiento de la fiebre» . Programa Nacional de Actualización pediátrica. Sociedad Argentina de Pediatría. 2019

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