Sobrepeso y obesidad: ¿Estamos preparados para darnos cuenta?

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obeso3¿QUEREMOS VER LO QUE VEMOS O VEMOS LO QUE NO VEMOS?

Septiembre 2016

La obesidad es una enfermedad que afecta a la población mundial. Desde los primeros años de vida se observan niños con sobrepeso que en poco tiempo desarrollan obesidad. La oferta de alimentos hipercalóricos, el sedentarismo y a veces factores genéticos determinan el desarrollo de la enfermedad.

El sobrepeso es un paso previo a la obesidad. Ambos cuadros surgen de comparar en tablas el peso y la talla a una edad determinada obteniendo de esta forma un índice de masa corporal.

La prevalencia mundial de niños preescolares con sobrepeso aumentó de 4,2% en 1990 a 6,7% en 2010. La obesidad y el sobrepeso en  la infancia pueden predisponer a desarrollar diabetes o enfermedades cardiovasculares a edades cada vez más tempranas.

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No obstante ello, el sobrepeso no es un motivo de consulta espontánea si la comparamos con el porcentaje de población infantil afectada. Es más común la preocupación por el niño que come poco relacionándolo con los que comen mucho y se encuentran más gorditos.

El niño “rellenito” fue considerado por mucho tiempo como símbolo de salud y aún este concepto perdura y es difícil de desarraigar en ciertas comunidades.

Algunos estudios han determinado que existiría una errónea percepción de muchos padres respecto al físico de sus hijos, especialmente en aquellos progenitores que también presentan sobrepeso u obesidad. Algunos investigadores concluyen que la falla en el reconocimiento del sobrepeso de sus hijos es mayor cuanto más pequeño es el niño. Si bien el pediatra puede plantear el problema desde esas edades, el diagnóstico suele ser subestimado por los mismos padres. Si se solicitan estudios de laboratorio los resultados tardan o nunca llegan  y los cambios de hábitos en el niño difícilmente se cumplen. Se confunde crecimiento normal con incremento excesivo de peso que no concuerda con el de la talla. La interconsulta con el nutricionista suele ser dilatada a la espera de los resultados de una dieta “casera” o de una actividad deportiva de dudoso cumplimiento.

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No se trata aquí de las dificultades para que el niño inicie o continúe un cambio de hábito. El problema es la distorsión en la percepción del físico del niño por parte de sus padres, más allá de lo que indique la balanza y las tablas de percentilos que les pueda mostrar el médico.

Los últimos estudios refuerzan estas experiencias de consultorio. Más del 50% de los padres que tienen hijos con sobrepeso u obesidad tienen una imagen subestimada del peso de sus niños, especialmente en los comienzos de la enfemedad. Por lo tanto no consideran importante cumplir con los cambios de hábitos aconsejados desde un principio.

Hay muchos factores que influyen en la percepción del niño por sus padres y del problema en si mismo. Una posible causa puede deberse al aumento de la prevalencia de la obesidad a nivel mundial, lo que influiría en la percepción de una imagen corporal más grande como normal.

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La experiencia propia de los mismos en relación a la obesidad es siempre un punto a tener en cuenta. La interpretación de la enfermedad que los afecta puede favorecer o perjudicar la correcta percepción del físico de los hijos.

Las diferencias culturales y económicas también pueden influir en la observación. En los mencionados estudios se han observado percepciones más adecuadas en padres con mayor nivel educativo y mejor comprensión del cuadro con sus probables consecuencias.


obeso4Hay etapas oportunas en la vida para evitar el desarrollo de la obesidad, cuanto más temprano se detecte se estarán previniendo también las patologías asociadas.

 La inadecuada percepción de la proporción peso/talla por parte de los padres puede considerarse un factor de riesgo significativo para el desarrollo y/o mantenimiento de estas enfermedades.

Fuente: Chavez Caraza K. y col. Alteración de la percepción del estado nutricional por parte de padres de preescolares: un factor de riesgo para obesidad y sobrepeso. Archivos Argentinos de Pediatría 2016; 114(3):237-242

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